Wednesday, June 29, 2016

El aborto, o la hipocresía de la Iglesia


Antes de la Constitución de 1991 el delito de aborto en Colombia gozaba de varios atenuantes gracias a la Iglesia católica. Desde la causal de honor hasta la de creerse ungido con el óleo sagrado.

Quién lo iba a imaginar: la etapa previa a la Constitución de 1991 fue flexible sobremanera con relación al aborto: desde el Código Penal de 1837 –pasando por los de 1890, 1936 y 1980– hasta el Código Penal del 2000 cuando quedó prohibido tanto sin excepciones como sin las benévolas atenuantes de orden religioso. ¿No era la Iglesia quien se oponía al aborto o a cualquier forma de intervención humanoide sobre la vida porque solo Dios puede decidir sobre ella? ¿Desde cuándo un Estado social de Derecho, que debería suponer la ruptura de un Estado confesional, decidió relevar a la Iglesia del cargo papal? Aparentemente o, según se constata en los archivos legales, tras la Constitución de 1991. ¿El “Mundo al revés” de Eduardo Galeano (célebre escritor uruguayo)? Echémosle una mirada a la retorcida paradigmática de la legislación colombiana (de veritas que somos originales).

El Código Penal de 1837 consideró que el aborto no merecía castigo cuando se practicaba por un médico cirujano con el fin de salvaguardar la reputación de la mujer soltera o viuda. ¿Ok? La causal se conocía como «honoris causa». El Código Penal de 1890, por su parte, consideró “eximir de pena al que con rectitud y pureza de intenciones se cree autorizado” –¿por Dios?– para practicar un “parto prematuro artificial en conformidad con los sanos principios de la ciencia médica (…) generalmente condenados por la Iglesia”. Pero eso no es todo: hasta una rebaja de la pena contemplaba si la mujer “fuere honrada y de buena fama” ante los ojos del juez. ¿Ok? El Código Penal de 1936, no obstante, comenzó a castigar la práctica con penas de prisión más altas, pero mantuvo en pie –o al menos así se entiende– la causal «honoris causa». (Los colombianos somos bastante delicados con cuestiones de orgullo o de títulos). El Código Penal de 1980, a su turno, previó el arresto en lugar de la cárcel en dos circunstancias (que 26 años después la Corte Constitucional adoptó como excepciones de despenalización del aborto).

La Iglesia católica parece haber mostrado más preocupación por la honra de la mujer y por la santidad de quienes le practicaran un aborto que por la vida del feto. Estaban más pendientes del «qué dirán» que de la vida misma como también a lo largo de la historia han estado más pendientes del control del pensamiento que de la difusión del conocimiento.

¿No debería la Iglesia católica a sus fieles una explicación sobre esta contradicción? Quizás no. “La Iglesia, señor primer ministro” –dice el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago en «Las intermitencias de la muerte»– “está de tal manera habituada a las respuestas eternas que, no puedo imaginarla dando otras; aunque la realidad la contradiga; porque desde el principio no hemos hecho otra cosa que contradecir la realidad, y aquí estamos”. Ciertamente: “A la Iglesia” –continúa el Nobel– “nunca se le ha pedido que explique esto o aquello; nuestra otra especialidad, además de la balística, ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso” (la razón).

La contradicción histórica

No fue sino tras la Constitución de 1991, cuando el resto del mundo comenzó a despenalizar el aborto, que se prohibió categóricamente (sin excepciones ni atenuantes de orden religioso). El Estado, no se sabe si confesional o laico, es una caminata de contradicciones naturales (como lo es también el catolicismo, que predica la vida y la solidaridad hasta desalivarse mientras al mismo tiempo permanece criminalmente indiferente ante la desigualdad del mundo y se niega a reconocer derechos de personas homosexuales).

El Centro de Derechos Reproductivos (CRR) de Nueva York (EE.UU.) elaboró un mapamundi supremamente detallado sobre el aborto. Esta rigurosa infografía revela que dos tercios de la población mundial viven actualmente en países donde el aborto es permitido. Estamos hablando de Canadá (1988) y Estados Unidos (1973); Cuba (1965), Puerto Rico (1976) y Uruguay (2012); España (2010), Francia (1975), Austria (1974), Alemania (1976), Italia (1978), Holanda (1981) y el Reino Unido (1968); Rusia (1913); China (1972); Sudáfrica (1997); y Australia (1998). Pero, sobre todo, de Escandinavia: Suecia (1938), Dinamarca (1939), Finlandia (1950), Noruega (1960) e Islandia (1975).

El tercer mundo (América Latina, África y el Medio Oriente) prohíbe el aborto total o parcialmente, mientras los países desarrollados (Norteamérica, Unión Europea, Sudáfrica, Rusia, China y Australia) lo permiten incondicionalmente (el único límite es el tiempo de gestación, que varía según el país). Lo que es la religión, ¿no? Especialmente el catolicismo y el islam.
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Esta columna fue publicada por Semana.com:

Tuesday, June 14, 2016

La contradicción del uribismo

La ignorancia no discierne: busca un tribuno y toma un tirano. Juan Bautista Alberdi (1801-1884) jurista y escritor argentino.

En la ceremonia de graduación del 11 de junio de 1962 en la Universidad Yale en Connecticut, Estados Unidos, el inmolado expresidente estadounidense John F. Kennedy (1917-1963) pronunció un discurso que se ha hecho célebre: “La mayoría de veces, el gran enemigo de la verdad no es la mentira –deliberada, planificada y deshonesta– sino el mito persistente, persuasivo y poco realista. A menudo nos aferramos precipitadamente a los «clichés» de nuestros antepasados y sometemos los hechos a un sistema prefabricado de interpretaciones. Disfrutamos en fin, de la comodidad de la opinión sin la incomodidad de pensar”. Dediquémonos a pensar durante la brevedad de esta columna.

Los hechos

El conflicto armado en Colombia –que se remonta a la década de 1960 (guerrilla), recrudeciéndose en la de 1990 (Autodefensas Unidas de Colombia) y aún más durante la del 2000 (Plan Colombia)– ha dejado un saldo de 6.044.200 de desplazados, según el Centro de Vigilancia de Desplazados Internos  (IDMC) de Noruega, y 1.982 masacres, según la Ruta del Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica (en convenio con Verdad Abierta). Estamos hablando de una población tres veces superior a la de Cundinamarca, de la población de Antioquia o de la del Estado de Nueva York en Estados Unidos. Colombia es el país del mundo con el mayor número de desplazados después de Siria (Medio Oriente). ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

El Centro de Recursos para Análisis del Conflicto (CERAC), por su parte, registra 105 líderes sociales asesinados solamente en 2015 por –según los testimonios– grupos paramilitares y este año ya se registraron 16 según la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ACNUDH). El CERAC, sin embargo, también registra un descenso del conflicto armado digno no solo de mención sino también de esperanza. Colombia lleva 1.065 días sin toma de poblaciones (la última registrada se remonta al 2 de marzo de 2013 en Timbiquí, Cauca, por parte de las FARC). Colombia lleva 209 días sin retenes ilegales realizados por los Grupos Posdesmovilización Paramilitar (GPDP) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Colombia lleva 96 días sin ataques a la industria petrolera (el último ataque fue registrado el 27 de octubre de 2015, por parte del ELN). Un breve tiempo después de haber iniciado los diálogos de paz (2012) en Colombia comenzó a registrarse un descenso del conflicto armado. ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

“Proponer «resistencia civil» en contra de un acuerdo de paz es algo que merece figurar en la historia universal de la infamia”, expresó un internauta el mes pasado refiriéndose a la inclusión del absurdo en la colección de historias escritas por el célebre autor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986). Los uribistas en general critican el proceso de paz sin siquiera conocer su contenido o los puntos específicos hasta el momento consolidados (agricultura, narcotráfico, rendición de cuentas, sometimiento a la justicia) o los países mediadores, que no es Cuba solamente sino también Noruega; o sus veedores (Chile y Venezuela). También desconocen que “el proceso de negociación ha ‘prevenido’, en sus tresaños, la muerte de al menos 1.500 personas, de los cuales al menos 189pertenecen a la fuerza pública” (CERAC), es decir, a los héroes de la patria que tanto dicen llorar.

¿Hablamos de los costos económicos? Un estudio de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes –aducido por Revista Dinero en 2014– determinó múltiples perjuicios en las industrias agrícola y manufacturera y especialmente en las economías departamentales. El reconocido experto internacional en negociaciones y Premio Pulitzer, Stuart Diamond, por su parte, adujo en el pasado Congreso Internacional de Andesco en Cartagena de Indias, que el conflicto armado en Colombia toma el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) de la Nación. Estamos hablando de 75.000.000.000 dólares anuales; dinero que podría invertirse en infraestructura, salud y educación, por ejemplo. “El conflicto armado en Colombia es el más costoso del mundo”, sentenció Diamond. ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

Quienes se oponen a los acuerdos de paz son quienes experimentan la guerra únicamente desde la comodidad de la distancia; a diferencia de quienes la experimentan a diario como una procesión hacia la muerte desde la puerta de su casa. En lugar de recoger o de sumar firmas, señores del Centro Democrático y uribistas en general, respectivamente, recojan cifras. Abandonen la comodidad de la vista (televisión, noticieros) para adentrarse en la incomodidad de los oídos y las cifras ofrecidas por fuentes oficiales y organizaciones no gubernamentales (ONGs). Documéntense. Es lo mínimo que pueden hacer tras el eufemismo (disimulo) que caracteriza al partido, pues la semántica que comprende el vocablo («democrático») les queda cada vez más grande. (El senador Fernando Nicolás Araújo, por ejemplo, me prohibió ver sus trinos en Twitter, donde a menudo establecí críticas, tras haberle extendido la expresión del internauta antes referido.)

La ceguera

Como dijo hace un tiempo el periodista Jorge Gómez Pinilla: “Los cristianos creen en lo que no ven, y los uribistas no creen en lo que ven”. Los uribistas en general se enorgullecen de su partido Centro Democrático, pero no toleran versiones diferentes a las que proclaman y se niegan a reconocer el aparato de persecución política en que se convirtió el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) durante la administración Álvaro Uribe Vélez y el crudo derramamiento de sangre que durante el mismo periodo se produjo según la Comisión Internacional de Juristas (CIJ) de Ginebra y las fuentes antes aducidas. O el conocimiento de su atesorado expresidente sobre los múltiples delitos de quienes, durante su administración, fueron sus funcionarios más cercanos (9 condenados; 8 investigados).

Según Álvaro y sus seguidores, él estuvo en el incendio pero no se quemó; en el lodo pero no se ensució; en el tsunami pero no se mojó; en el tornado pero ni siquiera se despeinó; y las 27 denuncias registradas en 2013 en su contra ante la Fiscalía por supuestos vínculos con el paramilitarismo no son más que una sumatoria de calumnias. Dudo en la historia política de América y el mundo exista una evidencia circunstancial más contundente. La gravedad de las circunstancias la convierten en evidencia relativamente concluyente y en cualquier Estado de Estados Unidos constituye evidencia suficiente para la captura sobre la base de la «causa probable» (léase «ultraprobable»).

Ahora bien. ¿Han visto a un uribista debatiendo esto con un no uribista? Dos sordos llegan a un acuerdo sobre el aborto más rápido y en mejores términos de lo que se puede intentar con ellos con relación a la responsabilidad política del expresidente (padecen ese mecanismo de defensa que en Psicología se conoce como «negación»). Hasta el apoyo al Mesías se ha convertido en una especie de asunto personal: “Lo que es con Uribe es conmigo”, decía el Centro Democrático en 2015 durante su campaña en contra de la Fiscalía General. Parecen cada vez más una secta o una religión que un partido político. La distinción descansa en la «idolatría» (una forma de «enajenación», según el célebre escritor alemán Erich Fromm).

Mientras los no uribistas reconocen o suelen reconocer los crímenes de ambas partes del conflicto, los uribistas se gastan o suelen gastarse diciendo que la guerrilla merece un odio mayor al de los paramilitares porque los primeros ‘son más terroristas’. Les tengo noticias (no una opinión): la inmensa mayoría de las masacres en Colombia corresponde a grupos paramilitares (según las fuentes antes aducidas) así como los desmembramientos y delitos sexuales. El segundo lugar lo ocupan los grupos guerrilleros y, el tercer lugar, el ejército nacional (vea el especial de Semana.com al respecto); el cual ha actuado no solo de modo independiente sino también en colaboración con grupos paramilitares. Vaya «héroes de la patria» (con la debida admiración que merecen aquellos cuyo comportamiento militar dista varios kilómetros de distancia ética del de aquellos en cuestión).

La realidad la crean los hechos, no nuestras opiniones o ideologías políticas. Luego, no es el insulto la manera de invalidar las ideas ni la agresión física el modo de silenciarlas. Lo primero se consigue empleando la palabra y, lo segundo, no es sino una pretensión ególatra que en el fondo esconde inseguridad. «Para quien tiene miedo, todo son ruidos», consideraba el poeta trágico griego Sófocles (siglo IV a.C.).
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Esta columna fue publicada por Semana.com:

Sunday, June 5, 2016

El gorila y el niño, o el engreimiento humano

La primera obligación de la igualdad es la equidad. Víctor Hugo (1802 – 1885) novelista romántico francés.

Tanto la humanidad como la flora y la fauna sufren calamidades, lo mismo por obra del hombre como por obra de la naturaleza. ¿Cuándo se ha visto que el orden natural de las cosas guarde preferencia sobre una vida, u otra? No es la vida quien discrimina, sino nosotros. La vida, la naturaleza, el Universo o Dios –como quiera llamársele– no le adjudica valor de ninguna índole a ninguna especie de vida (aunque algunos deseen pensar lo contrario). Esto lo hace el hombre a través de un «complejo de superioridad» inspirado en los valores, principios y prejuicios que gobiernan cada sociedad.

¿Quién más podría otorgarle determinado valor a las cosas sino solamente el ser humano? preguntamos demostrando más ingenuidad que arrogancia, como si las cosas dependieran del hombre para cobrar importancia. ¿Acaso no guardan un valor intrínseco independiente de nuestra existencia? Es un esfuerzo al que no estamos acostumbrados (nos fascina tirar de la lengua sin tirar del cerebro). Recordemos, empero, que la imaginación es la primera fuente del conocimiento (como también lo sostiene el naturalista británico Charles Darwin en El origen del hombre).

No es otra cosa que arrogancia con adobos de engreimiento eso de creer que la vida humana está por encima de la vida animal o la vida animal por encima de la vida vegetal, o cualquiera de estas últimas por encima de la vida humana. Quienes creen en Dios o en la existencia de una entidad suprema descansan su argumento en que de Él o Ella somos creación o descendencia y dada su supremacía, por necesidad lógica de ella también nosotros estamos investidos. ¿Acaso no es un silogismo que depende del «sine qua non» sustantivado como: conveniencia? La conveniencia humanoide de estructurar la realidad de tal modo que todos nuestros antojos puedan verse satisfechos a expensas de todos y de todo en general. Quienes, a su turno, descansan su argumento en la teoría de la evolución –según la cual trascendimos la condición del primate– padecen la misma conveniencia (si bien gozan de validez científica), pues si la superioridad (física o intelectual) no es razón para maltratar o explotar a otro miembro de la misma especie, tampoco debe ser razón de una especie para maltratar o explotar a otra diferente.

No estoy queriendo decir que nunca haya tenido una mascota o que si un gorila o una ballena toma posesión del hijo de una persona esta no tenga derecho a sentirse urgido a sacrificar el animal para garantizar la seguridad de su hijo ni que deba ser juzgado por un tribunal o por la sociedad en caso de que así proceda. Jamás. Lo que sí estoy queriendo decir es que deberíamos ser capaces de distinguir la realidad en sí misma (valor intrínseco) de la realidad que nosotros fabricamos (valor extrínseco). Quizás no nos haga perfectos, pero sí prometería el empleo de la razón en lugar de enarbolar la estupidez como argumento para justificarnos en nuestras acciones. También haría posible que podamos reconocernos como iguales dentro de nuestra especie (ni siquiera eso hemos alcanzado) y asimismo entre las demás (animal o vegetal) siendo que cada una es capaz de sentir, adaptarse, reproducirse y evolucionar. “En todas las tierras sale el sol al amanecer”, sostenía George Herbert (sacerdote inglés del siglo XVI).

A propósito del caso del gorila y el niño en el zoológico de Cincinnati (Estados Unidos), dos distinguidos expertos entrevistados por National Geographic –uno en comportamiento animal (Terry Maple) y otro en primates (Frans de Waal)– determinaron que el gorila no comportó peligro para el niño: exhibió un comportamiento protector, por un lado, y juguetón, por el otro. Sin embargo, a los fines de garantizar su integridad física, “el zoológico tomó la decisión correcta”, concluyeron ambos. En el marco de la reflexión aquí expuesta, es decir, si es cierto que la vida de un animal vale lo mismo que la vida de un humano, los hechos podrían ser valorados como si se tratara de un niño en manos de una persona mentalmente desequilibrada (en dicho caso también podría ponderarse entre la vida del desequilibrado y la vida de quien se presume amenazado). En este sentido, o en un tribunal imaginario, el zoológico podría aducir la negligencia de los padres (no cuidar del niño); o los padres la negligencia del zoológico (falta de seguridad); o la familia del sacrificado la negligencia de ambos.

Colofón: Recomiendo el Ensayo sobre la ceguera del Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago; el pensamiento del escritor francés Víctor Hugo con relación a los animales; y la columna Alejandro Ordóñez: entre el instinto y la razón.
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